Prefacio
Si tan solo tu mirada tocara mi triste brillo,
mis ojos dejarían de producir nubes negras,
y mis labios terminarían de arañar la espalda del mundo
hecha una piltrafa de viento,
que susurra cada una de los pasos en mi caminar.
Si tan solo tu alma supiera donde he dejado
la mitad de mis días febrilmente absurdos,
mis pies descalzos sabrían a que luz dirigirse y echarse a andar.
Si tan solo tu presencia iluminara mi faz,
mi seno dulce lejos de llorar,
tocaría la nota más tierna que alguien jamás
ha podido escuchar.
A mi hijo Gael,
con amor
(Para ser leído
en 20 años).
A veces cuando Gael, con apenas dieciocho
meses de vida,
reta con algún gesto adusto alguna orden mía,
mi mente acelera su paso cotidiano y mis
pensamientos
se apresuran a llegar veinte años mas allá.
Imagino a mi hijo con sus cabellos largos,
ensortijados y dulcemente despeinados,
con unas gafas negras fiel copia de mamá,
con un polo estampado con algún símbolo de
libertad,
con pantalones negros ligeramente ajustados,
entallando
sin querer su bien dotado cuerpo,
copia perfecta del hermoso Adonis, su padre…
Imagino sus gestos,
pausadamente acelerado,
con un vaivén elegante,
con un florido y cultileído verbo,
producto de extensas horas de lectura incesante…
Imagino su sonrisa, haciendo salir el sol a
media tarde,
provocando a las estrellas dejarse ver en
pleno día soleado,
acelerando la traslación terráquea y
produciendo
un cambio drástico en la rotación normal de
los días…
Imagino un frecuente “te amo mamá” iluminando
mis días,
tardes, noches y madrugadas…
Pero sobre todo, caigo en la encrucijada al
pensar
si su adolescencia y juventud van a ser igual
o peores que la mía.
Se desasen mis neuronas pensando si va a ser
tanto o más extravagante que yo.
Me duele el corazón pensar que va a llegar el
momento
en que mi presencia le moleste, le estorbe, le
pese…
… pero finalmente me reconforta imaginar que
tal vez
algún día crea en la utopía de la vida,
tanto como yo al hacerla realidad,
y que mejor, ser él la prueba viviente de mi
gran creación.