Para el ser que aun habita en ti
Tu mirada se aleja en lo cotidiano de
tu andar,
y tu faz ya no me toca ni siquiera al saludar,
mis aristas tristemente solas, adyacentes a tu
par.
Mi corazón adolorido y amordazado por
la angustiosa realidad,
solo espera resignado, a que nuestros vértices
más cercanos,
se unan en lo burdo de nuestro andar,
para que así, una vez más, no sepamos
qué dirección tomar.
Sin embargo al final, solo nos
quedaran aquellos luceros
que iluminan nuestro sendero
dulcemente escabroso,
aquella tierna creación que da
sentido
a nuestra existencia,
donde el Edén nos da la bienvenida.
