Las calles revientan de gente angustiada por llegar a su destino.
Los caminos se entrelazan y bifurcan haciendo líneas en el pavimento...
Los hombres caminan como máquinas malogradas de tanto uso;
los autos contaminantes de la urbe agitadamente encendida
desesperan por adueñarse de las calzadas...
los perros callejeros buscan un pedazo de tierra caliente
donde reposar sus cuerpos esqueléticos...
Un infante de mirada triste, sube a una autobus con la intención de vender sus productos,
siente la indiferencia de la gente.
Se para tambaleante en medio del bus,
saca del bolsillo de sus pantalones rotosos una bolsa de caramelos.
Los rostros que lo rodean no se conmueven por la presencia del muchacho,
lo ignoran, siguen absortos en sus conversaciones y en sus sueños al borde de la ventana.
Pasa por cada uno de los asientos y la mayoría ni lo mira,
algunos logran alcanzarle un par de monedas,
suplantando la falta de atención de los demás.
Baja del bus... mira y cuenta las monedas guardadas minutos antes en su bolsillo.
Mientras avanza por las calles sucias y percudidas...
deja escapar una tenue sonrisa por el pequeño monto obtenido aquella mañana.
El niño camina con rumbo fijo. Cambia todo lo recaudado por algunos pedazoz de pan.
Retoma el rumbo apresurado...
De pronto se oye un grito estrepitoso...
los transeúntes voltean hacia un lado de la calle y sus rostros delatan espanto.
En la calzado ruedan cuatro panes hacia el vacío mientras el niño,
se pierde entre manchas rojas y pasos sinuosos de gente alborotada
y a la vez acostumbradaa ser testigo de instantes de terror.
CAYE MIRANDA