Se oyen gritos. Gatos volando por techos
reprimidos de tanto contener pisadas de viento.
Escucho llantos, gemidos... percibo
mis pies helados, sigo oyendo truenos de sangre…
Ahora son golpes de pecho en la
frente paternal de tu seno moribundo, distinto, distante, torpe, mal criador,
punzante, adormecido por el grito frecuente de tus manos en la calle de tus
puertas nocturnas de dolor y ansiedad constante de neuronas quemadas desde la
infancia.
Todo lo que escucho de ti, me duele,
pero sigo aquí sin decírtelo, sin hacer nada para que tu putrefacción no sea
mayor, para que tu dolor de barriga aglobada no se termine de vendar con sueños
al borde de tu ventanal de angustias…
Te quiero y me duele que ya no te
quieras, ni que percibas lo que es el querer. Te quiero y no sé si tu vida sea
vida en realidad. Te quiero y no sé por dónde empezar a matar la angustia de
verte parir dolores nuevos.
No me importa de qué vientre saliste,
no me importa el semen que te dio la luz de escape, no me importa que seas mi
familia, no me importa que no lo seas, lo que me importa es que no quiero verte
morir, me resisto a verte envejecer así, partido en mil pedazos y no saber por dónde
empezar a reunirlos, para así, intentar una vez más, tomar el rumbo de tus desvaríos
trilces de verano, y sin embargo, rescatarte de la lúgubre noche de
incandescentes llamas de fuego, que poco a poco, te fueron orillando a dejarte
morir y entregarte al burdo monstruo de mil y un caras, a quien no le importa
matar a su sangre a latigazos de humo, pasta, gritos malditos, y lazos de
familia roídos por la soledad de la muerte cerebral.

No hay comentarios:
Publicar un comentario