La mar de
tus recuerdos se proyecta en tus ojos tibios de dolor.
Tu silencio
profundo desangra los gritos de mi existir.
Tu luz
cósmica derrite el último suspiro del amanecer fugas y lleno de estrellas
reventadas por el tiempo.
Soy más que
tu diosa, soy divinidad hecha de barro y abundancia, donde se esconden todos
tus delirios etéreamente estridentes.
La mar de
tus sueños se aleja de mi orilla, y tu soledad camina hondamente sobre los
vestigios de civilizaciones muertas por el desamor, jamás por el olvido, jamás por
la ignorancia de tu piel, sino por la memoria de tus actos ahogados en
cobardías de placer.
Mi matriz
sangrante desea parirte por segunda vez.
Descocer la
cicatriz de tu alumbramiento y dejarla secar al sol de tu mirar.
Quiero ser
la sangre coagulada que patea la herida abierta, y que tus manos nunca dejen de arañar el mundo
hostil, que delira febrilmente por la muerte de tus espejismos.
Me asusta
ver algún día la decepción de tu vida, de tu obrar, de tu no actuar, de tu
siempre callar.
Me envuelves
sigilosamente en tus formas aterciopeladas de placer.
Tus mundos
me alquilan un espacio en mi epitafio.
Las higueras
de viento septentrional dibujan olas en el espacio, sabiendo de donde partir,
pero nunca donde llegar…
En vano es
anunciar mi partida, porque ni siquiera has notado mi llegada.
En vano es
entonar un nuevo salmo de placer, porque hasta las bacantes saben llorar de
amor.
El regodeo
endiosado espera un nuevo vestigio en el sumidero de gemidos.
Tu recuerdo
me llama solamente los días de castigo.
Son más de
cuatro vidas las que he pasado esperándote, para que solo me regales un
instante de delirios al borde de la tarde ciega en devoción.
Te olvido
por el simple hecho de hacer un mayor esfuerzo por recordarte.
Te deseo
cada madrugada insomne donde mi cuerpo es solo un enigma que te ayuda a descifrar
aquella obscuridad, que nadie ha podido interpretar.

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